El mundo católico despide al padre Benedict Chao, monje trapense chino que falleció a los 108 años de edad, dejando una extensa trayectoria marcada por la fe, la vida monástica y la perseverancia frente a algunos de los episodios más difíciles de la historia religiosa de China. Su muerte ocurrió el pasado 31 de julio en Lantau, Hong Kong, según informó la comunidad cisterciense.
La noticia ha generado muestras de respeto y reconocimiento hacia quien durante sus últimos años era considerado el monje trapense más anciano del mundo. Para la Iglesia, su vida representa el testimonio de un religioso que permaneció fiel a su vocación durante décadas y que atravesó periodos de persecución y grandes transformaciones políticas.
Una vida dedicada a la Iglesia y a la vida monástica
El padre Benedict Chao nació en 1918 en Chengting, en la provincia china de Hebei. Su camino religioso comenzó en 1941, cuando ingresó a la Abadía de Nuestra Señora de la Alegría, ubicada en la isla de Lantau, en Hong Kong.
Seis años después, en 1947, realizó su profesión solemne y posteriormente fue ordenado sacerdote en 1949, año en el que también se produjo un profundo cambio político en China con la proclamación de la República Popular. Desde entonces, su existencia quedó estrechamente ligada a la comunidad monástica y al servicio religioso.
Durante su trayectoria llegó a vivir 79 años como monje y 77 años como sacerdote, cifras que reflejan la extraordinaria duración de su compromiso con la vida religiosa. Su historia también estuvo relacionada con una generación de religiosos que tuvieron que afrontar persecución, desplazamientos y la destrucción de comunidades monásticas en territorio continental chino.
Un testigo de la persecución religiosa en China
Uno de los aspectos más destacados de la vida de Chao fue su experiencia durante los difíciles años que siguieron a la revolución comunista china. La comunidad trapense a la que pertenecía sufrió las consecuencias de la persecución religiosa y varios de sus miembros fueron encarcelados o asesinados.
En la década de 1950, el padre Chao y otros religiosos participaron en la construcción de una abadía trapense en la isla de Lantau, que posteriormente fue dedicada a Nuestra Señora de la Alegría. Aquel lugar se convirtió en un importante espacio de vida religiosa para la comunidad.
Su permanencia en la vida monástica durante casi ocho décadas convirtió al sacerdote en uno de los últimos testigos vivos de una época especialmente complicada para la Iglesia en China. Su historia no solo estuvo marcada por la longevidad, sino también por la capacidad de mantener su vocación en medio de circunstancias adversas.
Despedida a un religioso de 108 años
La muerte del padre Benedict Chao pone fin a la vida de un religioso que dedicó la mayor parte de su existencia al silencio, la oración y el servicio dentro de la comunidad trapense. Su funeral fue programado para el 14 de agosto en Hong Kong, donde familiares, religiosos y miembros de la comunidad pudieron rendirle homenaje.
Más allá de sus 108 años, el legado de Chao queda asociado a una historia de resistencia espiritual. Para muchos miembros de la Iglesia, su trayectoria constituye un ejemplo de perseverancia, esperanza y fidelidad religiosa.
La imagen del sacerdote, acompañada de símbolos de duelo, resume el sentimiento de despedida hacia una figura que atravesó más de un siglo de acontecimientos históricos. Con su fallecimiento, desaparece uno de los últimos grandes testigos de aquella generación de monjes que sobrevivió a la persecución y contribuyó a mantener viva la tradición trapense.
Un legado que permanecerá en la memoria
La vida del padre Benedict Chao deja una huella que va más allá de su extraordinaria longevidad. Su historia recuerda el valor de quienes permanecieron firmes en sus convicciones durante momentos de incertidumbre y persecución.
A los 108 años, el sacerdote cerró un capítulo de casi ocho décadas de vida monástica. Su legado permanecerá ligado a la historia de la Iglesia en China y a la comunidad de la Abadía de Nuestra Señora de la Alegría, donde dedicó gran parte de su existencia.
La despedida del padre Chao representa, así, no solo la muerte de un hombre centenario, sino también el final de una vida que fue testimonio de fe, sacrificio y resistencia espiritual durante uno de los periodos más complejos para la vida religiosa en China.